Irasshaimase
La puerta corredera de madera se abre suavemente con su ruido inconfundible. El personal empieza a gritarme; nada del otro mundo, solo dicen: «¡Bienvenida a la tienda!» con mucho entusiasmo.
Aunque el local está bastante vacío, me llevan a uno de los asientos en la barra.
Desde aquí puedo ver qué hacen en la cocina. Llevan pañuelos negros reliados en la cabeza y el humo los rodea. Se concentran en sus tareas con la misma precisión de aquellos que las han repetido mil veces.
No necesito mirar la carta. Sé a qué he venido.
Cuando era más joven, solía decirme a mí misma que nunca sería como aquellas personas que van al mismo restaurante todos los viernes por la noche. Pensaba que sería algo mediocre y aburridísimo. Sin embargo, aquí estoy otra vez.
¿No es gracioso cómo a menudo acabamos convirtiéndonos en lo que pensábamos que nunca nos convertiríamos?
La chica toma mi pedido rápidamente, evitando cualquier contacto visual. Sonrío al vacío.
Kodoku
Hay mucha gente sentada sola. He escuchado decir a muchos de los extranjeros que viven en Japón que aquí se sienten cómodos porque, a diferencia de otros lugares, no está mal visto hacer cosas en solitario, cosas como salir a cenar. Que si nadie te juzga y todo eso…
Me pregunto cómo deben ser sus países. Yo difiero. He comido sola en muchas partes del mundo y no es un tema que me incomode especialmente.
La diferencia esencial en este país es que, muy probablemente, no tengas conversaciones con desconocidos. La gente no suele acercarse a la gente si no se conocen, hay mucho recato a la hora de invadir el espacio personal de los demás. Aquí, la definición de espacio privado toma una forma diferente. En resumen, te dejan tranquilo.
Echo un vistazo a mi alrededor con discreción. A mí este muro invisible me pesa mucho a veces. Anhelo algún tipo de conexión, por sutil que sea. Bastaría algún pequeño gesto.
Hay salaryman de mediana edad vestidos con traje. Una pareja tranquila. Tres jóvenes que no se despegan de sus pantallas.
Casi todos en silencio. De vez en cuando se oye algún sorbo aquí o allá. Pero lo que más sobresale son los ruidos de la cocina: el chisporroteo del aceite y el golpeteo de las sartenes contra las encimeras.
Y por supuesto, no puede faltar el sonido de las puertas correderas, seguido de los gritos de «¡Irasshaimase!» a los nuevos clientes.
Itadakimasu
Me traen la comida: doce gyozas, junto con medio litro de cerveza Asahi.
Aún puedo ver el vapor saliendo de las empanadillas, jugositas por encima y con base crujiente. Están rellenas de cerdo, col, cebollino y ajo. Mucho, mucho ajo.
Por cierto, las gyoza no son de origen japonés. Son una adaptación de las empanadillas chinas, las «jiaozi». Empezaron a hacerse populares en Japón después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados que regresaban de Manchuria trajeron consigo su pasión por la cocina china.
La versión japonesa se fríe en la sartén, es de masa más fina y tiene un sabor a ajo fuerte, que es su sello de identidad.
Abro los palillos desechables por la mitad. En los restaurantes de chuka ryori (comida china al estilo japonés), este chasquido marca el inicio del festín.
Un salaryman con traje azul marino está sentado cerca, mirándome con cara de poker. Obviamente, no intercambiamos sonrisas. Eso podría resultar un tanto extraño. Desvía la mirada rápidamente.
De todos modos, sé que está sonriendo por dentro. Sé lo que está pensando: «Esta se ha pedido la combinación perfecta. Sí que sabe cómo se hacen las cosas».
Vierto un poco de líquido oscuro en un platito justamente destinado para ello. Es una salsa para mojar llamada Gyoza no Tare, y está hecha con vinagre y salsa de soja. Para mi gusto, ese toque ácido es clave.
Cojo una de las gyozas y la separo del resto. La mojo en la salsa solo unos segundos. Se me hace la boca agua.
Hay quien se come la gyoza entera de un solo bocado, pero queman recién servidas, así que yo me las como en dos. Me encanta masticar todas esas texturas a la vez: la parte al vapor y la base crujiente. Además, tienen el punto justo de aceite. El relleno es tierno y jugoso.
Asahi
Si me encantan las gyozas, con cerveza ya son la combinación perfecta.
Aunque no soy experta en cerveza, he probado muchos tipos. La Asahi Super Dry sigue siendo mi favorita. Es ligera y refrescante, para cualquier ocasión.
En japonés existe el término Karakuchi (辛口), que también aparece escrito en la botella. En español, esto se traduce como «seco» o «picante». Creo que esta idea está inspirada en el sake; Karakuchi es un término que describe el perfil de sabor del sake cuando es seco, fresco y de sabor limpio. Tal y como la Asahi.
Además, el nombre Asahi significa «sol de mañana». Creo que «el sol fresco de la mañana» es una metáfora perfecta para describir esta cerveza.
Gochisousamadeshita
La gente no para de entrar y salir. En general, no se suele pasar mucho tiempo en un restaurante como este. Es más bien una parada rápida.
El hombre del traje azul marino se ha ido. No hay nadie a mi alrededor.
Ya casi he terminado con mi combo perfecto. Siempre me siento algo triste cuando la cerveza y las gyozas están a punto de acabarse. Doy un par de bocados más y me bebo hasta la última gota, y mientras, voy visualizando mi próxima visita.
